LA HISTORIA ES PASADO, PRESENTE Y FUTURO

Los septiembres sombríos de nuestra historia indo-latinoamericana y su enseñanza actual

Columna de opinión del Dr. Nelson Coronel.

Septiembre es un mes nefasto en nuestra historia latinoamericana de las últimas décadas. El 6 de septiembre de 1930 fue derrocado Hipólito Yrigoyen; el 16 de septiembre de 1955, Juan Domingo Perón; y el 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende, en Chile.

Pero dejemos para otro artículo el golpe contra Allende y analicemos lo que ocurrió en la Argentina.

En Argentina, los golpes contra el pueblo provinieron de una alianza entre representantes del neoliberalismo oligárquico —Agustín P. Justo en 1930, Isaac Rojas y Aramburu en 1955— con el nacionalismo oligárquico y reaccionario de José Félix Uriburu en 1930 y Eduardo Lonardi en 1955.

En ambos, los intereses imperialistas jugaron un rol preponderante. El golpe del 30 tuvo olor a petróleo, según la historia reciente, y en el primer gabinete golpista cinco de los ocho ministros resultaron abogados de empresas extranjeras.

El golpe del 55 destruyó el aparato productivo industrial por un modelo agroexportador preponderante, exclusivamente, cuando un país necesita del campo, de la industria, de la tecnología, de la robótica y de la inteligencia artificial. Proceso que ayer, con Cambiemos, y hoy, con La Libertad Avanza, intenta imponer por otros métodos tan nefastos como entonces, solo que esta vez cerrando con represión y violencia, sembrando tempestades.

Pero, volviendo a los golpes del 30 y de 1955, ambos gobiernos usurpadores proscribieron a los partidos populares mayoritarios. Los candidatos radicales fueron vetados en los años 30 y el peronismo, proscripto desde 1955 durante 18 años, amordazando incluso por el decreto número 4161, que sancionaba con multa y prisión la mención de Perón y Evita y hasta cantar la marcha partidaria.

Ante esta situación, se produjo también la misma reacción popular: una heroica lucha contra los usurpadores. La resistencia radical, con sucesivos levantamientos cívico-militares armados entre 1930 y 1934, y la resistencia peronista, jalonada por huelgas, sabotajes y métodos insurreccionales. Y el régimen falaz y descreído, como decía Yrigoyen, se cobró un alto número de detenidos, torturados y muertos.

Es en esa lucha cuando la oligarquía y el poder dominante, debilitados, abren el cauce electoral. El pueblo se impuso: el 5-4 del 31, triunfo radical, y el 18-3 del 62, triunfo peronista. Ambos en la provincia de Buenos Aires. Y, en nombre del orden y de la democracia, las elecciones fueron anuladas nuevamente.

Por estas razones y otras, la clase oligárquica, como hoy, combinó represión con captación parcial de la dirigencia de los movimientos populares. Muertos sus líderes, Yrigoyen y Perón, algunos que habían sido altos dirigentes, los hombres del Peludo, los hombres de Perón, fueron conquistados por la clase dominante y puestos a su servicio, junto con los aparatos partidarios, arrastrando por el fango las banderas históricas.

En 1945, la Unión Cívica Radical se abraza a los conservadores y, en 1990, parte de la dirigencia justicialista abraza y aplica el plan económico de Álvaro Alsogaray, vaciando de su contenido antiimperialista y popular.

Basta ver, por ejemplo, a la cúpula radical actual, que deshonra el pensamiento de Yrigoyen, de Alem y de Alfonsín, que junto a los oportunistas de siempre y otros avergonzados peronistas votaron por los fondos buitre, facilitando los tarifazos, el desempleo, el endeudamiento externo e interno de nuestro pueblo y la vuelta del Fondo Monetario Internacional.

Sin embargo, el recuerdo y el aprendizaje de estas derrotas no debe desalentarnos, sino solo servirnos de experiencia. El pueblo siempre vuelve.

Así, el peronismo, como columna vertebral del movimiento nacional y popular, con su gran capacidad de transformarse a sí mismo, abrazando las viejas banderas de justicia social, soberanía política e independencia económica, volverá a ser gobierno en el 2027 para concretar esas actuales banderas para felicidad del pueblo y la grandeza de la nación.

Y así, forjando esa herramienta de lucha, unidos, organizados y movilizados, librando la batalla cultural y política, la Patria Grande florecerá en toda su grandeza.

Ateneo Arturo Jauretche – Manuel Ugarte

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