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Túpac Amaru II: La rebelión que encendió la América Profunda

Columna de opinión del Dr. Nelson Coronel.

El 4 de noviembre de 1780 constituye una fecha fundamental en la historia de nuestra América. Ese día comenzó una de las grandes rebeliones populares y anticoloniales del continente: el levantamiento encabezado por José Gabriel Condorcanqui, conocido como Túpac Amaru II, que puso en jaque al poder español en el Virreinato del Perú y dejó una profunda huella en los posteriores movimientos emancipadores latinoamericanos.

Para comprender la dimensión de aquel acontecimiento es necesario situarnos en el contexto histórico de la dominación colonial española y en las condiciones de explotación a las que estaban sometidos los pueblos originarios.

Hacia el siglo XVII, la sociedad colonial se encontraba organizada sobre una profunda división entre la llamada República de los Españoles y la República de los Indios. Los pueblos indígenas conservaban algunas de sus autoridades tradicionales, aunque estas se encontraban subordinadas al poder colonial. En determinados casos, sus propios jefes eran reconocidos por la comunidad; en otros, las autoridades españolas intervenían directamente en su designación.

La explotación económica constituía uno de los pilares fundamentales del sistema. Entre sus mecanismos se encontraba la mita, un régimen de trabajo obligatorio que sometía particularmente a las poblaciones indígenas a duras condiciones laborales en las minas, especialmente en los centros de producción argentífera. A ello se sumaban las alcabalas, impuestos que gravaban las transacciones comerciales, y otras cargas económicas que recaían sobre las comunidades.

Esta situación se profundizó durante el reinado de Carlos III, a partir de las reformas borbónicas impulsadas desde mediados del siglo XVIII. La Corona española buscaba incrementar sus ingresos, fortalecer el control sobre sus dominios americanos y obtener mayores recursos de sus colonias. Para ello aumentó la presión fiscal, estableció nuevos controles aduaneros y profundizó los mecanismos de explotación de la población indígena.

Las riquezas americanas, particularmente el oro y la plata, constituían una fuente esencial de recursos para las potencias europeas. Mientras España destinaba buena parte de esos ingresos al sostenimiento de la Corona y sus estructuras de poder, Inglaterra los incorporaba también al desarrollo de su creciente actividad industrial. No puede comprenderse el desarrollo del capitalismo europeo sin considerar la extracción de riquezas y la explotación del trabajo que caracterizaron la conquista y la colonización de América.

En ese escenario de opresión y desigualdad comenzó a destacarse la figura de Túpac Amaru II.

José Gabriel Condorcanqui era descendiente de la nobleza incaica y ejercía el cacicazgo de Surimana, Pampamarca y Tungasuca, en la región del Cusco. Se trataba de un hombre de considerable formación intelectual, conocedor del quechua y del español, y familiarizado con las ideas políticas de su época. Su posición social y sus privilegios no le impidieron reconocer la situación de sometimiento que padecían los pueblos indígenas.

Sus reclamos contra los abusos de las autoridades coloniales no eran nuevos. Durante años había intentado obtener respuestas de los funcionarios españoles frente a los excesos de los corregidores, la explotación laboral y las cargas impositivas. Sin embargo, sus gestiones no encontraron soluciones.

A esta situación se sumaban los conflictos por el reconocimiento de sus derechos como cacique y las pretensiones de las autoridades coloniales de despojarlo de su posición.

Finalmente, el 4 de noviembre de 1780, Condorcanqui puso en marcha el levantamiento. Su primera acción decisiva fue la captura del corregidor Antonio de Arriaga, una de las figuras más cuestionadas por los abusos cometidos contra la población indígena. Mediante una maniobra cuidadosamente organizada, logró apoderarse de recursos y armamento y, días después, Arriaga fue ejecutado públicamente.

La rebelión comenzó a extenderse por distintas regiones del sur andino. Túpac Amaru convocó no solamente a los indígenas, sino también a mestizos y criollos que padecían las consecuencias del sistema colonial. Su movimiento cuestionaba las estructuras de dominación y reclamaba la eliminación de la mita, las alcabalas, las aduanas y los abusos de los corregidores.

La dimensión política de su pensamiento trascendía una simple protesta contra las autoridades locales. Su proyecto contemplaba la recuperación de la tradición política incaica y la posibilidad de construir una organización de gobierno que integrara a indígenas, mestizos y criollos. En esa perspectiva, se trataba de imaginar una nueva comunidad política, asentada sobre principios de igualdad y reconocimiento de los distintos sectores de la sociedad americana.

El levantamiento obtuvo una importante victoria militar en la batalla de Sangarará, el 18 de noviembre de 1780. A partir de entonces, las autoridades coloniales comprendieron la magnitud del movimiento y comenzaron a organizar una respuesta militar de mayor envergadura.

Las noticias llegaron hasta Lima y la Corona movilizó tropas para sofocar la rebelión. Túpac Amaru avanzó sobre el Cusco, una ciudad de enorme importancia política y administrativa, pero finalmente no consiguió tomarla.

En ese momento desempeñó un papel fundamental Micaela Bastidas, su esposa y compañera de lucha. Su participación fue mucho más allá del acompañamiento personal: tuvo responsabilidades decisivas en la organización, la logística, las comunicaciones y la conducción del movimiento. Conocedora de las dificultades militares y de la necesidad de actuar con rapidez, insistió en la importancia de avanzar sobre el Cusco. Sin embargo, sus advertencias no fueron atendidas y la decisión de replegarse para reorganizar las fuerzas terminó favoreciendo el avance de las tropas españolas.

La rebelión sufrió entonces una serie de derrotas y, finalmente, Túpac Amaru fue capturado en abril de 1781, luego de ser traicionado por personas de su propio entorno.

La represión colonial fue brutal. El 18 de mayo de 1781, Túpac Amaru II, Micaela Bastidas y otros integrantes del movimiento fueron ejecutados en la plaza del Cusco. También fueron perseguidos y castigados sus familiares y colaboradores. La Corona pretendía que aquella ejecución sirviera como escarmiento y evitara nuevos levantamientos.

Pero la muerte de sus principales dirigentes no consiguió borrar el significado histórico de la rebelión. El movimiento continuó bajo el liderazgo de otros integrantes de la familia y sus repercusiones se extendieron por distintas regiones del continente.

La figura de Túpac Amaru fue recuperada posteriormente por otros protagonistas de la emancipación americana. Simón Bolívar reconoció la importancia de las rebeliones indígenas en su célebre Carta de Jamaica, mientras que Manuel Belgrano, durante el Congreso de Tucumán, propuso establecer una monarquía constitucional con un descendiente de los incas a la cabeza del nuevo Estado. Aquellas referencias expresaban la persistencia de la tradición política indígena en los debates sobre la organización de las nuevas naciones americanas.

También resulta significativo el pensamiento de Túpac Amaru en el plano cultural. Su proyecto puede interpretarse como una búsqueda de integración entre las tradiciones espirituales de los pueblos originarios y el cristianismo introducido durante la conquista. Una perspectiva que, mucho tiempo después, encontraría otras formulaciones en el pensamiento latinoamericano, particularmente en el peruano José Carlos Mariátegui, quien reflexionó sobre la cuestión indígena y la necesidad de reconocer sus raíces históricas y culturales.

En sus últimos momentos, según una conocida reconstrucción histórica de su diálogo con el visitador José Antonio de Areche, se le habría preguntado quiénes eran los responsables de aquella situación. La respuesta atribuida a Túpac Amaru sintetiza el enfrentamiento entre el poder colonial y la resistencia popular:

«Nosotros somos los únicos culpables: vuestra merced por haber oprimido al pueblo y yo por haber tratado de liberarlo».

Más allá de la derrota militar, la rebelión de Túpac Amaru II constituyó un acontecimiento de enorme trascendencia para la historia latinoamericana. Fue una expresión de resistencia frente a la explotación colonial y una manifestación temprana de las aspiraciones de libertad e igualdad de los pueblos americanos.

Su figura merece ser estudiada en toda su dimensión: no como la de un simple caudillo indígena, sino como la de un hombre de formación intelectual y voluntad política que supo interpretar el sufrimiento de su pueblo y convertirlo en un movimiento de alcance continental.

Aquel 4 de noviembre de 1780 comenzó una rebelión que las armas españolas pudieron derrotar, pero cuyo significado histórico sobrevivió a sus protagonistas. La llama encendida en los Andes se proyectó sobre las luchas posteriores por la emancipación de América.

ATENEO JAURETCHE – MANUEL UGARTE

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