HOY ES EL DÍA DEL ZAPATERO

Mario Colín: “Lo que tiene de bueno este oficio es que nunca te deja a pie”

Comenzó a formarse a los 12 años en el histórico taller de Raúl Monzo. Con más de seis décadas entre suelas, parches y herramientas, repasa las transformaciones de la actividad, la transición del zapato de cuero a la zapatilla y el desafío de pasarle la posta a la nueva generación.

Hoy se conmemora en la Argentina el Día del Zapatero, en reconocimiento a una actividad que pareciera irse reduciendo de a poco, pero en Chacabuco todavía tiene sus talleres y personas que conocen todos los secretos del oficio. Uno de ellos es Mario Colín, que desde hace más de seis décadas vive entre suelas, parches y herramientas, dedicado a una actividad que, dice, “nunca te deja a pie”. En su caso, dedicándose a la reparación de calzados pudo hacerse su casa y criar a sus cuatro hijos. Hoy, después de tanto tiempo transcurrido, su objetivo es irse despidiendo de a poco, para disfrutar del descanso, y dejarle la posta a la nueva generación.

“Raúl se esmeró mucho en enseñarnos”

Colín se formó en una verdadera escuela de arreglo de calzados que tuvo Chacabuco que fue el taller y negocio de Raúl Monzo, La Tahona, que por aquellos tiempos estaba en la segunda cuadra de la avenida Alsina, al lado de la Tienda Chacabuco de Navarro. Mario en ese entonces era muy chico, tenía apenas 12 años.

“Hoy Raúl no está con nosotros, pero vive en el recuerdo, porque fue un hombre muy bueno con muchos de nosotros, que en su momento sacó una buena tanda de zapateros y lo dejamos bien parado a él, porque aprendimos el oficio. Raúl se esmeró mucho en enseñarnos y tuvo paciencia y tiempo para hacerlo. Nosotros éramos jovencitos. Yo aprendí el oficio a los 12 o 13 años y hoy ya tengo 74”, relata.

Monzo, cuenta Colín, venía de una familia relacionada con los zapatos, porque algunos familiares suyos eran lustradores callejeros. En aquellas épocas, recuerda, el uso de zapatos era mucho más común. Ahora, en cambio, se imponen las zapatillas, las cuales también periódicamente suelen necesitar algún arreglo.

Con el tiempo uno fue aprendiendo también a arreglar zapatillas, y ahora vienen todos los elementos para eso, porque vienen las plataformas de abajo, las suelas, las gomas, la tela de arriba”, dice.

“Se usaba mucho más la suela de cuero”

Lo que pasaba también en los viejos tiempos era que los zapatos tenían suela de cuero. Luego aparecieron los de suela de goma, pero, recuerda Colín, no eran muchos.

“Se usaba mucho más la suela de cuero, que era muy buena, no se gastaba así nomás. Ahora eso no pasa y por eso surgió la suela de goma, que da resultado y es cómoda, porque es más blanda y dura un poco más”, relata.

Con Monzo trabajó unos años, después se dedicó a otras actividades, y cuando tenía 23 años decidió abrir su propio taller de calzados. Así, después de estar en otros locales, hace 42 años abrió su taller en Ituzaingó 2, que se llama Karen.

“La gente ya me conoce. Hay algunos nuevos y también hay clientes fieles de aquellas épocas que siguen viniendo. Es la confianza que se ha generado con el trabajo y se hace como una amistad”, cuenta.

Para Colín, su oficio no tiene secretos. Simplemente, dice, hay que hacer el trabajo bien, ser prolijo y cumplir con los días en que uno se compromete a terminar el arreglo. “Eso es lo fundamental”, sostiene, además de señalar que es una actividad que económicamente le permite a una persona vivir y sostener a su familia.

“En verano el trabajo merma bastante”

“Psicológicamente por ahí me cansa, porque hemos pasado momentos difíciles, así como momentos lindos. Lo bueno es que uno ya está instalado y teniendo trabajo va a seguir bien. El problema es que en algunas épocas hay poco trabajo, como pasa en verano. En verano la gente no anda con zapatillas ni zapatos, porque se usa mucho la ojota, y el trabajo merma bastante”, afirma.

Actualmente, Colín comparte el trabajo con su hijo Cristian, al cual, dice, le está enseñando el oficio. “Vamos a ver si puede seguir con este rumbo. Yo vengo al taller a trabajar un rato y charlo con la gente, ya estoy jubilado y se me hace un poco duro seguir, pero Cristian está agarrando viaje y anda”, dice. Además, cuenta que lo mismo ha hecho su cuñado, Osvaldo Cáceres, que también es zapatero y le dejó el taller a su hijo.

Mario no tiene una respuesta clara acerca de por qué quedaron pocos zapateros en Chacabuco. Una posibilidad, estima, podría ser que los jóvenes no quieren aprender el oficio.

“Lo bueno es que nunca te deja a pie”

“Trabajo siempre hay. Lo que tiene esto de bueno es que nunca te deja a pie. La misma gente que te trae algo para arreglar después te recomienda y te hace quedar bien”, expresa.

Antiguamente, recuerda, había muchos más zapateros que ahora. En su caso, señala especialmente a los que aprendieron, como él, en el taller de Monzo.

Ahora el oficio medio que se está perdiendo, pero pueda ser que algunos chicos se entusiasmen, porque este es un lindo trabajo. Acá no te manda nadie, uno trabaja por su cuenta y es un buen trabajo. Yo con esto me hice mi casa, crié a mis cuatro hijos, pudieron estudiar. Todo gracias a esto”, dice, además de contar que a lo largo de estas décadas tuvo momentos muy buenos de actividad. También hubo tiempos flojos, como pasa ahora debido a la situación económica.

“Hoy hay gente a la que le cuesta mucho retirar”

“Hoy hay gente a la que le cuesta mucho retirar, porque no le alcanza el dinero. Tengo muchos zapatos que me han dejado y no vuelven a retirarlos. Yo los espero, no tengo problemas, hay zapatos que hace un año que están, y si vienen se los doy. Cuando lamentablemente no vienen y pasó mucho tiempo por ahí los vendo más baratos, como para salvar los costos del material, o los dono, los llevo a la iglesia y siempre hay gente que necesita un calzado”, afirma.

La idea, dice Colín en el final, es ir poco a poco dejando el taller en manos de su hijo. “Mientras pueda, voy viniendo, porque esto para mí es una terapia. Yo estoy jubilado y si uno se queda en la casa no sabe qué hacer. Así que vengo, trabajo un poco, converso con la gente y por lo menos tengo la mente ocupada”, dice el zapatero, que antes de despedirse manifiesta sus deseos de que esta actividad tan necesaria no se pierda.

Somos los últimos profesionales del arreglo de calzados, porque estamos quedando pocos. Esperemos que esto no se pierda y que los chicos jóvenes puedan aprender este oficio que es muy bueno y con el que la gente siempre va a estar conforme si hacemos las cosas bien”, afirma.

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