OPINIÓN

Leyenda viva en el trinquete: los hermanos Ross y una jornada dorada que ya es historia grande de Chacabuco

Juegos Bonaerenses 2026.

​Hay historias que no necesitan artificios porque respiran verdad, herencia y potrero —o en este caso, frontón—. Hay apellidos que condensan el pulso de una ciudad y la grandeza de una disciplina entera.
En el firmamento del deporte argentino, el casillero de los consagrados tiene un sitial reservado para los hermanos Ross.
Y este viernes 24 de octubre de 2026, en Mar del Plata, la historia volvió a escribir una página dorada.
​De Chacabuco natal, criados al calor de las paredes del Club Social —en aquel trinquete que hoy lleva con justicia sus nombres—, Eduardo y Guillermo volvieron a hacer lo que mejor saben hacer: ganar, emocionar y trascender.

Esta vez, colgándose la medalla dorada en los Juegos Bonaerenses, demostraron que el tiempo pasa para los almanaques, pero se suspende por completo cuando la pelota toca la paleta.

​El aura del Inglés y una dinastía sin igual

​Todavía parece escucharse en el aire del club el eco de las risas y las ocurrencias del Inglés, el padre, el artífice silencioso de esa escuadra que combinaba , que hoy estaría diciendo ” suena raro las paletas de estás” entre chistes y desafíos de zurda, de revés y mañados.
De aquel tronco familiar brotó una vitrina que pocos pueden ostentar en la Argentina: títulos argentinos, mundiales, panamericanos y olímpicos. Una gesta completa, de punta a punta.

​Aunque Ramón ya decidió cambiar el fragor de la cancha por el descanso y las charlas desde afuera —disfrutando cada epopeya como el gran testigo que es—, la dinastía sigue intacta.
Si hubiesen sido tres en la cancha al mismo tiempo, hoy hablaríamos sin dudarlo de un trío invencible

​La magia intacta y el oro bonaerense

​Ayer viernes, en plena feliz, Eduardo y Guillermo se metieron al bolsillo a toda la delegación de Chacabuco. Entre los más jóvenes, alguno se animó a la comparación inevitable para explicárselo a las nuevas generaciones: “Es el Messi de la paleta”. Y entre los entrados en canas, las anécdotas volaban como la pelota contra el paredón, recordando cómo manda el mundo de la pelota paleta cuando los Ross entran en calor.

​El Mago —Eduardo—, fiel a su estilo sigiloso, medido, de pocas palabras y tímido, de esos que parecen habitar únicamente en los diez metros cuadrados de un trinquete sin importar en qué rincón del planeta esté, volvió a dar cátedra. Y a su lado, un Guillermo sorpresivo por su nivel superlativo hicieron de los hermanos una fuerza imparable.

​Romper el silencio

​No es fácil catalogar lo vivido. ¿Reconciliación? ¿Reivindicación?
Tal vez sea simplemente justicia poética. Se rompió el silencio y Chacabuco volvió a abrazar a sus ídolos en su ley.

​Porque hay que saber cuidar a los ídolos en vida. Verlos ganar otra vez con la camiseta de la ciudad puesta no hace más que confirmar lo que todos ya sabíamos: cada vez que juegan los hermanos Ross, el deporte argentino respira historia grande.

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