Cruce de los Andes: Día 5

Diario de viaje de un grupo de chacabuquenses que realizaron el cruce de los andes.

El día 23 de febrero comenzó esta aventura para un grupo de vecinos de Chacabuco conformado por: Ignacio Aprile, Mariano Nieto, Joaquín Scocco, Maxi De Bello, Leo Quiroga, Silvina Belingueres, Rosana Peralta y Milena Goddard.

Los viajeros compartieron con Chacabuco en Red su diario de viaje y espectaculares fotos que lo ilustran. Iremos subiendo día por día esta apasionante aventura.

Día 5 – Un día en el valle

A esta altura del viaje ya me encontraba en ese punto ideal donde no sé ni que día de la semana es. La desconexión respecto del mundo en el que suelo pasar la mayor parte del tiempo era total. Solo me interesa la hora por un tema de logística y organización de la travesía, de lo contrario creo que hasta podría uno perder la noción del tiempo andando por estos lugares.

Nos esperaba un día de unas 7 u 8 horas de caminata donde todo el recorrido transcurre por un valle. Iríamos desde el Refugio Real de la Cruz (2900 msnm) hasta el campamento Real de las ovejas (3400 msnm). Volvíamos a ganar algo de altura, aunque no era mucho el desnivel de la etapa y no tenía grandes pendientes.

Como ya es costumbre, nos levantamos temprano. Desayunamos y nos pusimos manos a la obra para desarmar el campamento. La gente que andaba a caballo también estaba organizando sus cosas. Hay mucho movimiento. Demoramos un poco más de lo planeado en ultimar unos detalles con los arrieros. Finalmente estamos listos. Arrancamos a caminar cerca de las 10.30 am, con un cielo totalmente despejado y un sol que ya calentaba bastante, aunque no hacía calor.

Íbamos en dirección al río. La expectativa era alta y la ansiedad también, pues sabíamos que teníamos que cruzarlo, pero no estábamos muy seguros por dónde y con qué nos íbamos a encontrar. El plan B, en caso de que el río estuviera demasiado peligroso, era ver si los arrieros nos podían cruzar. Pero teníamos esperanzas en que íbamos a poder resolver el vadeo sin recurrir a esa opción.

Por fin llegamos al río. Ni bien lo vimos metía un poco de miedo, el ruido del agua corriendo a toda velocidad entre las rocas es algo que impone respeto. Enseguida comenzamos a caminar por la orilla en busca de algún lugar que nos permitiera cruzar. Recorrimos entonces la costa unos minutos hasta que nos decidimos por un sitio que parecía mejor que el resto. El agua corría cada más rápido y ya estaba algo turbia, con lo cual no podíamos ver el fondo. Era difícil saber entonces la profundidad que tendría el río en el centro. Arrojábamos piedras para tratar de escuchar si golpeaban enseguida el fondo rocoso o si por el contrario tardaban en hacerlo.

El plan era el siguiente. Cruzaríamos primero 5 hombres agarrados de los hombros de tal manera que formábamos un círculo, donde los más grandes irían dándole la espalada a la corriente. Por mi estatura se podrán imaginar que ese lugar no me tocó a mí. Dejaríamos las mochilas en la otra orilla y con la experiencia de haber cruzado para entonces dos veces (ida y vuelta) regresaríamos a buscar al resto del grupo. Siendo 10 personas en total, el ultimo cruce lo haríamos en dos grupos de 5, repitiendo la misma lógica de agarrarse y formar un círculo.

El plan era perfecto. Solo faltaba ponerlo en marcha. Nos sacamos las botas y cada uno se colocó su calzado de vadeo. El calzado elegido por algunos tal vez no era el mejor para las características que presentaba el río, pero ya no había mucho que pudiéramos hacer. Mochila en la espalda y todo bien ajustado y guardado para evitar perder cosas durante el cruce.

Ni bien pusimos los pies en el agua no solo comprobamos que corría rápido, también nos dimos cuenta de que estaba verdaderamente helada. Íbamos despacio y con mucho cuidado. Cada paso que dábamos debía ser seguro y firme, para evitar perder el equilibrio y desarmar la formación. Ya casi ni sentía las piernas cuando llegamos a la otra orilla. Inmediatamente nos sacamos las mochilas y comenzamos a mover las piernas para tratar de generar un poco de calor. Estaban congeladas. De a poco se fueron recuperando, aunque todos sabíamos que esa recuperación sería breve, teníamos que volver al otro lado a buscar al resto. El lugar elegido para cruzar había sido correcto. Así que volvimos a la otra orilla para repetir el cruce con el resto del grupo exactamente de la misma forma. Nuevamente las piernas al agua helada y a sufrir.

El vadeo finalmente fue todo un éxito. Si bien el agua se llevó un par de anteojos y el calzado de algunos, aun así, lo consideramos un verdadero triunfo. Estábamos motivados para continuar el resto del día!

Con el río ahora a nuestra mano izquierda continuamos la marcha. Si el paisaje que ofrecía el lugar hasta ese punto me había parecido increíble, ahora ya no encontraba palabras para describirlo. El paisaje no era monótono, por el contrario, cambiada a cada paso. Detrás nuestro, montañas de todos colores nos cerraban el paso. Junto al río, por la margen izquierda, se levantaban formaciones rocosas de otras características, muy erosionadas, formando algo similar a grandes cañadones. Como si eso fuera poco, de vez en cuando y dependiendo de nuestra posición, también aparecía algún pico nevado cortando el paisaje. Era imposible aburrirse.

Viendo que el día se iba a hacer largo y posiblemente llegaríamos al campamento con las ultimas luces del día, decidimos repetir la estrategia del día 3 que había dado buenos resultados. Así fue como Maxi y Mariano apuraron el paso y se adelantaron al resto del grupo con el objetivo de tener el campamento armado para cuando lleguemos. Es un placer llegar y encontrar las carpas armadas y agua caliente para el mate.

Sabíamos que el campamento estaba pasando una estación meteorológica. Desde ese punto, hay que ir doblando hacia la derecha siguiendo un curso de agua y luego de una leve pendiente encontraríamos el lugar para acampar. A lo lejos se veía algo que brillaba, como si nos estuviera haciendo señas. Supusimos que era la estación. Si bien parecía muy lejana, al menos ya la teníamos al alcance de nuestra vista.

Poco a poco nos fuimos acercando a aquel objeto tan distante y comenzó a tomar forma. Efectivamente era la estación meteorológica. Habían pasado ya las 18.30hs cuando llegamos a destino, justo cuando el sol se escondía detrás nuestro. Estando ya el campamento armado, nos cambiamos y nos relajamos un rato, teníamos algo de tiempo antes de comenzar a preparar la cena.

Parecía mentira, pero la travesía estaba llegando a su fin. Era la ultima noche de campamento. Si todo salía bien, al día siguiente cruzaríamos la frontera con Chile y completaríamos el cruce de los andes!

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