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“A la familia de Dana”

Carta abierta a la familia de la joven fallecida ayer.

No sé cómo empezar esto… porque la verdad es que no hay forma correcta de decir algo así. No hay palabras que alcancen, pero el silencio tampoco sirve. Y hay dolores que, si no se dicen, pesan todavía más.

Hay cosas que solo se entienden cuando se viven, y nosotros lo entendimos. Entendimos lo que es que la vida cambie de golpe y nada vuelva a ser como antes. Entendimos el sacrificio, ese que no se anda mostrando pero que está en cada decisión, en cada cosa que uno deja, en cada día que se aguanta más por amor que por fuerzas. Entendimos lo que es dejar la tranquilidad, lo simple, lo de todos los días, para meterse en algo donde todo es incertidumbre, donde cada día cuesta y cada espera desgasta.

También entendimos lo que es estar lejos… no solo físicamente, sino lejos de la vida que uno conocía. Entendimos lo que es vivir con el pecho apretado, con esa angustia constante, con el miedo de no saber qué va a pasar mañana. Levantarse pensando en eso y acostarse igual. Sostener la esperanza incluso cuando duele sostenerla, incluso cuando todo parece caerse.

Y en todo eso, ustedes estuvieron. Sin soltarse, sin correrse, sin elegir lo fácil. Estuvieron cuando había fuerzas y cuando ya no quedaban, cuando el cansancio pesaba demasiado, cuando el miedo paralizaba, cuando todo era un golpe tras otro. Y eso… eso es amor de verdad.

La vida a veces es así de injusta. No avisa, no pregunta, no mide cuánto podemos soportar. Arrasa. Se lleva todo lo que parecía firme, rompe los planes, cambia todo sin pedir permiso. Y en ese arrasar, nos obliga a ser fuertes cuando no queremos, a sostener lo que no se puede sostener, a soltar cuando lo único que queremos es aferrarnos.

Te enseña, de la peor forma, que nada nos pertenece. Nada. Que todo es prestado… incluso las personas que más amamos. Y que en algún momento hay que devolverlas, aunque no queramos, aunque no estemos listos, aunque nos rompa por completo.

Y eso es lo más injusto… porque uno siempre cree que hay tiempo. Que hay un poco más. Más días, más momentos, más oportunidades. Y de repente no. Y ahí es donde todo se rompe de verdad. Porque hay cosas que no deberían pasar así, hay vidas que recién estaban empezando, hay historias que no tendrían que terminar de esta manera.

Y lo más difícil es aceptar que no decidimos nosotros cuándo alguien se va. Que hay despedidas que no tienen sentido. Que hay dolores que no tienen explicación.

Pero incluso en todo ese dolor… hay algo que no se rompe.

Dana no es solo esto. No es solo su final. Es todo lo que fue antes, todo lo que dejó, todo lo que marcó. Es cada momento, cada gesto, cada parte de su vida que quedó en ustedes. Todo lo que despertó, todo lo que fue.

Porque al final… eso es lo que queda. Somos eternos en los recuerdos, en el amor que dimos y que nos dieron, en todo lo que dejamos en los demás. En cada parte de ustedes donde ella sigue estando, aunque no se la vea. Y ahí es donde sigue.

No alcanza, ya sé. Nada de esto alcanza. El dolor está y va a seguir estando. El vacío también. Pero el amor… ese no se pierde. Ese no se apaga. Ese no se va.

Y si hay algo que se puede agarrar en medio de todo esto, es eso. Que ella no estuvo sola. Que estuvo rodeada de amor hasta el último momento. Que todo lo que hicieron por ella valió, que tuvo sentido. Porque el amor nunca es en vano y cuando todo se cae eso es lo único que queda, lo único que resiste. Lo único que, de alguna forma, le gana al final.

Porque el amor no muere. Cambia, se transforma… pero se queda para siempre.

Los abrazo fuerte en este dolor tan grande.

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