OPINIÓN

1 de mayo: Día del Trabajador

Columna de opinión del Dr Nelson Coronel.

Como todos los años, este viernes se conmemora esa gloriosa fecha. Hay quienes lo hacen obligados por su investidura. Muchas veces mala vida política, económica y sindicalmente, y mañana mismo se habrán olvidado del tema y su significado profundo. Para otros muchos, el primero de mayo requiere y actualiza diariamente la trascendencia que tiene, tuvo y tendrá.

¿Y qué pasó ese primero de mayo? Hagamos un poco de historia. Hace más de cien años, en Chicago, Estados Unidos, fueron condenados a la horca y ejecutados, sin prueba y con falsedad judicial, varios dirigentes y militantes sindicales. ¿Acaso en la Argentina no pasa lo mismo con parte del Poder Judicial? ¿Y por qué?

Por su lucha sin claudicación en favor de las ocho horas de trabajo, para que las mujeres y niños no trabajaran de noche, y por su incipiente organización sindical como herramienta para la defensa de sus derechos. Estos hombres y mujeres de muchas ciudades norteamericanas protagonizaron memorables combates hasta perder su vida por reivindicaciones que hoy todos disfrutamos y muchos olvidan, o por lo menos parecen tener demasiado frágil la memoria. Igualmente, para hechos recientes acontecidos en el país a nivel nacional, ese fraudulento y mañoso proceso judicial buscaba castigar al movimiento obrero desde sus orígenes mismos, impidiendo su organización y el logro de sus conquistas.

Entonces se trabajaban dieciséis horas, horario que valía tanto para hombres, mujeres y niños, de tal manera que muchos no veían a sus mujeres e hijos a la luz del día. Ante estos hechos objetivos, la central obrera norteamericana, en un multitudinario congreso, proclamó en su cuarto congreso de 1884 luchar para que la duración de la jornada de trabajo fuera de ocho horas a partir del primero de mayo de 1886.

La mayoría de la burguesía capitalista no aceptó esos reclamos y se dispuso a reprimirlos con todo el vigor que utilizan muy a menudo contra el pueblo, con sus secuelas de muertos, centenares de heridos y detenidos, a los cuales las autoridades judiciales procesaron. Lo que quería la burguesía y su instrumento de opresión, el Estado, era descabezar a la organización sindical y terminar con su legítimo reclamo. Se trataba, más que nada, de un juicio político contra las ideas de justicia, igualdad y fraternidad, y de impedir el avance de la organización gremial.

El 21 de agosto de 1886 el jurado, hipócritamente, dictó su sentencia. Cinco de sus dirigentes debían ser ahorcados y los demás condenados a prisión perpetua, sentencia que se cumplió el 11 de noviembre.

Por todos estos hechos es que el movimiento obrero internacional adoptó como Día de los Trabajadores el primero de mayo, y esta liturgia de los que solo quieren paz, pan y trabajo se extendió a todo el mundo.

¿Y qué pasó en Argentina? También aquí se vivían los mismos problemas y pesares: jornadas agobiantes de dieciséis horas de trabajo, explotación de mujeres y niños hasta lo inhumano. También aquí surgía una clase obrera con conciencia de su situación histórica. Así, el primero de mayo de 1890, en el Prado Español, se reunieron miles de personas para rendir homenaje a los mártires de Chicago.

Ese espíritu internacionalista y solidario venía impregnando por más de treinta años a la dirigencia sindical, desde que surgieron las primeras organizaciones en 1850, cuyos líderes eran mayoritariamente de origen inmigratorio.

Entre los sindicatos pioneros de ese entonces estaban los de imprenta, y así la primera organización gremial fue la Sociedad Tipográfica Bonaerense, creada el 25 de mayo de 1857.

Atrás, aunque no olvidadas, habían quedado otras formas de lucha y resistencia del pueblo argentino. El Chacho Peñaloza, Felipe Varela y Ricardo López Jordán las habían encabezado en sus tiempos y, como diría Arturo Jauretche, el caudillo era el sindicato del gaucho.

Casi al mismo tiempo surgieron otras asociaciones, la de los zapateros y otras más que agrupaban a los artesanos urbanos y a los jornaleros del campo.

Los gráficos fueron también los primeros en contactarse con la Asociación Internacional de Trabajadores, fundada por Karl Marx. Estas asociaciones fueron la voz cantante de las reivindicaciones sectoriales que sustituyeron al mutualismo, mentor de las primeras organizaciones obreras.

Así, a fines de 1870 se convocaron las primeras huelgas y el primer paro fue protagonizado por los tipógrafos. Tiempo después, los empleados de comercio adoptaron igual medida para solicitar el descanso dominical, que se logró en 1905. Recién en 1929 se reconocieron las ocho horas de trabajo como jornada legal, fusionándose entonces dos de las tres centrales sindicales en una sola CGT.

Qué diferencia con algunos de los dirigentes actuales. No quiero hacer una historia del movimiento obrero, llevaría mucho espacio, sino recordar y traer a la memoria fundamentalmente a aquellos hombres que formaron y forjaron con su lucha y su ejemplo muchos sucesos y hechos que engrandecieron la historia del movimiento obrero, en contraste con las claudicaciones actuales de muchos en la lucha, en el modo de vivir, en el ejemplo y en la dignidad.

Una vida obrera llena de heroísmos cotidianos. Una historia auténticamente argentina, escondida, nunca enseñada en los colegios, universidades y sindicatos actuales, que fundaron un movimiento obrero fuerte, aguerrido, siempre dispuesto para la lucha, y que en las tribunas y en la vida diaria hablaban de nuestro hermano el indio, mientras que en los discursos oficiales de la oligarquía gobernante se mencionaba y hablaba del salvaje.

Difíciles fueron esos tiempos. Primero los conservadores y liberales, con sus leyes represivas y sus policías bravas dispuestas a reprimir. Después el alvearismo radical, tibio y oscilante, que cuando las cosas apuraban no dudó en meterles bala, como en Vasena y la Patagonia.

Más tarde la década infame, con su picana eléctrica y sus cárceles fueguinas. Y, al final, el peronismo, que agrupando a los trabajadores industriales y a parte de la clase media dejó la revolución inconclusa que había comenzado desde el fondo mismo de la historia.

Tupac Amaru, los caudillos federales y sus montoneras, Yrigoyen, Perón, el Che y los luchadores anónimos de hoy y de siempre llaman y hacen sonar los tambores por una patria justa, libre y soberana.

Y como final, vayan estas palabras del mártir de Chicago, el anarquista Spies, antes de ser ahorcado con la serenidad de un héroe:

“Salud, porque habrá un tiempo en que nuestro silencio será más poderoso que nuestras voces, que ahora estrangula la muerte”.

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