“Volver, de otra manera”

NUEVA ENTREGA. A partir de este domingo, Chacabuco en Red comenzará a publicar una nueva serie de capítulos escritos por Yessica Suárez, una vecina de nuestra ciudad que, tras sufrir un ACV isquémico troncal en 2024, decidió transformar su dolorosa experiencia en un testimonio de vida, lucha y esperanza.

El tiempo empezó a transcurrir de otra manera desde que recibí el alta de la clínica de rehabilitación, el último lugar que llamé “hogar” después de enfermar a los 23 años por un ACV isquémico en el tronco encefálico. Afuera, la vida seguía su ritmo habitual, indiferente, apurada, como si nada se hubiera detenido. Adentro mío, en cambio, todo avanzaba lento, espeso, con pausas que no sabía cómo llenar. Mi tiempo dejó de responder a relojes, calendarios o expectativas ajenas. Empezó a responder al cuerpo, a la fatiga, al miedo, a la esperanza.

Hoy tengo 25 años y todavía uso silla de ruedas. Decirlo en voz alta ya no me duele como antes, pero tampoco me es indiferente. Hay días en los que la silla pesa más que mi propio cuerpo, no por el objeto en sí, sino por todo lo que representa. Sin embargo, empiezo a sentir fuerza en las piernas. No es una recuperación épica ni visible para cualquiera. Es algo íntimo, silencioso, casi imperceptible. Un temblor leve, una respuesta tardía, un músculo que vuelve a estar donde creí haberlo perdido.

Practico todos los días. Mamá y papá me ayudan a ponerme de pie. Siento sus manos firmes sosteniéndome cuando mi equilibrio todavía no es confiable, cuando la cabeza duda y el cuerpo tarda en obedecer. Al principio, el miedo aparece antes que la fuerza: miedo a caer, a fallar, a confirmar que todavía no puedo. Después, algo se acomoda. El peso del cuerpo descansa, por unos segundos, sobre mis piernas. Y ahí pasa algo. Las siento. Siento que responden, que no me abandonaron del todo. Cada segundo erguida es una mezcla de alivio, orgullo y agotamiento.

Al mismo tiempo, reaprendo a escribir con la mano izquierda. Letra por letra. Como una nena que recién empieza. La paciencia no siempre me acompaña. Hay días en los que la torpeza me frustra, en los que quiero romper la hoja y dejar todo. Otros días celebro avances mínimos: una palabra legible, una línea más prolija que ayer. Las terapias en casa no se detienen. Mis ganas, tampoco, aunque a veces se escondan detrás del cansancio.

Todo lo que ocurre a mi alrededor se transforma en un motivo para seguir. No porque todo sea lindo o inspirador, sino porque todo suma. Cada experiencia deja algo. No es un mensaje armado de superación ni una historia pensada para motivar a otros. Es algo que nace en el momento de elegir levantarme, de elegir intentarlo una vez más, incluso cuando nadie está mirando.

Durante mucho tiempo sentí la necesidad de explicar lo que me pasaba. De justificarme. De volver comprensible lo incomprensible para no incomodar a nadie. Me cansé de las miradas incómodas, de las preguntas mal formuladas, de la lástima disfrazada de interés. Hoy ya no pierdo tiempo en eso. Solo yo sé cómo esto me atravesó, cómo me rompió y cómo me reconstruyó. Y ese conocimiento me alcanza.

Nadie dijo que por atravesar una experiencia así deba resignarme a vivir el resto de mi vida en una cama. Nadie dijo que tenga que aceptar sentirme una carga, que mis necesidades sean una molestia, que ya no tenga derecho a elegir. Nadie dijo que deba vivir apartada del mundo, ni renunciar a un cumplido, a una palabra sincera, a una mirada que no juzgue. La discapacidad no anula la dignidad, ni los deseos, ni la capacidad de decidir quién merece quedarse y quién no.

Dejé de moverme y de hablar, pero no dejé de pensar. Ni de narrar. Mi cabeza sigue funcionando a un ritmo que nadie ve. Las palabras se acumulaban dentro mío, chocan entre sí, buscan salida. No poder expresarme cuando más lo necesitaba fue una de las experiencias más angustiantes que viví. La frustración lo ocupaba todo. Lloraba sin sonido, gritaba hacia adentro. Escribir apareció como una necesidad vital. Escribo porque necesito decir. Porque necesito existir en palabras cuando el cuerpo no siempre responde.

Ocupo el tiempo alimentando la mente. Leo, investigo, escucho. Me lleno de preguntas que no siempre encuentran oídos dispuestos. No busco herir con lo que siento. Busco ser honesta conmigo misma. Aprendí a ser selectiva con las personas que me rodean. Dejé ir vínculos que solo se sostenían por mi esfuerzo. Con el tiempo, deja de importar forzar relaciones, deja de pesar la opinión ajena, deja de tener sentido sostener una imagen que ya no existe.

Supongo que a todos nos llega, en algún momento, la necesidad de decir basta. Basta de postergarse. Basta de cargar con lo que duele. Basta de vivir para cumplir expectativas ajenas. Yo estoy atravesando ese momento. No es inmediato ni sencillo. Todavía estoy aprendiendo a priorizarme. Sé que llevará tiempo, trabajo y paciencia. Pero también sé que no hay otro camino posible.

Hoy soy yo quien sana las heridas que quedaron abiertas. Me hablo en silencio, me abrazo mentalmente. Me repito que está bien haber fallado, que no fue mi culpa haber elegido mal, que no puedo cargar con las acciones de otros. Somos lo que atravesamos. Incluso aquello que nos rompió. Y si pudiera volver atrás, volvería a llorar. Volvería a dejar caer mis lágrimas sobre la almohada. Porque todo fue necesario para llegar hasta acá, para respirar distinto, para pensar distinto, para mirar la vida con otra conciencia.

No niego que esta experiencia me despertó de una forma brutal. Me odié, me enojé, me pregunté muchas veces por qué a mí. Estuve internada en distintos lugares en los que el miedo siempre persistió. Lloré de dolor, de impotencia, de miedo. Lloré por sentirme frágil, dependiente, expuesta. Y aun así, en medio de todo, pensaba —tal vez con ingenuidad— que después de un mal momento llegaría uno bueno. Para sostenerme, inventaba pequeños juegos.

Contaba los malos momentos y esperaba los buenos. Me perdía en los sonidos de la terapia, en el ruido de los pasillos, en un punto fijo del techo. Imaginaba mi regreso a casa. Observaba a otros pacientes, escuchaba diagnósticos, armaba historias. Ese era mi entretenimiento. También esperaba los cambios de turno de los enfermeros y la hora de visita como quien espera un abrazo que salva el día.

Durante las noches de terapia casi no dormía. Calculaba las horas desde la visita. Rogaba por compañía, por alguien que pudiera entender lo que sentía. Lloraba cuando alguien se acercaba, porque necesitaba hablar y no podía.

Pasar de hablar sin parar a no poder decir nada fue una de las experiencias más violentas y frustrantes que me tocó vivir.

Tengo mucho por mejorar y mucho por aprender. Hoy trabajar el cuerpo dejó de ser una obligación: es una elección. Acepté que mi cuerpo cambió. Que no tengo control total. Que no todo sucede cuando quiero. Aprendí a respetar los días sin fuerzas. Aprendí a caer. Porque de eso casi nadie habla. Todos esperan fortaleza constante, sonrisas permanentes. Pero también necesitamos caer, descansar, permitirnos el desánimo. Descansar también es parte del proceso. Y está bien.

No dejé de sentir ni de soñar. No pierdo las ganas de volver a ocupar un lugar en el mundo. Celebro logros que solo quien los vive entiende. Me esfuerzo cada día porque quiero seguir viviendo, porque todavía hay mucho por escribir.

Comentarios