Uno de mis mayores miedos fue no volver a caminar. Y, aunque pueda parecer una frase simple, encierra dentro de sí un abismo profundo, silencioso y difícil de nombrar. No se trata únicamente del miedo a no poder, sino de algo mucho más íntimo: el temor a perder una forma de habitar el mundo, de existir dentro de él con naturalidad. Es preguntarse, una y otra vez, si alguna vez volveré a sentir el suelo bajo mis pies, si podré avanzar sin depender de otros, si mi cuerpo —ese que alguna vez fue automático— volverá a sentirse propio. Es un miedo que no se queda en lo físico, sino que atraviesa la identidad, la autonomía y la forma en que una se reconoce en su propia vida.
En ese intento de entender lo que me estaba pasando, fue inevitable buscar respuestas afuera. Leer historias ajenas, recorrer testimonios, perderme entre foros y artículos que prometían, aunque sea, un poco de claridad. Yo lo hice. Me aferré a cada palabra como si en alguna de ellas pudiera encontrar una certeza. Pero lo único que encontré fueron más preguntas. Cada historia se volvía un espejo posible, una versión alternativa de lo que podría ser mi futuro. Algunas me daban esperanza, me hacían creer que había un camino de regreso. Otras, en cambio, me llenaban de miedo, de esa angustia silenciosa que se instala cuando entendés que no hay garantías.
Es inevitable que aparezcan emociones como la frustración, el enojo o la impotencia. Son reacciones humanas, necesarias incluso, aunque muchas veces no se les dé lugar. Desde afuera, todo parece simplificarse en una frase cómoda: “tenés que ser fuerte”. Pero nadie se detiene a pensar lo que realmente significa habitar un cuerpo que ya no responde como antes. Nadie ve el desgaste interno, el cansancio que no se explica, la lucha constante que ocurre en silencio. Porque esto también es un duelo. Un duelo real, profundo, que no siempre se reconoce. Se llora a la persona que una fue, a esa versión anterior que ya no existe y que, sin embargo, sigue viva en la memoria.
Hay momentos en los que la mente se escapa hacia lo que debería haber sido. Pensás que ese no es tu lugar, que tu vida tendría que estar sucediendo en otro escenario, en otro ritmo, en otro cuerpo. Imaginás las cosas simples que ya no podés hacer: caminar por la calle con amigos, bailar sin pensar, reír sin medir cada movimiento. Extrañás lo cotidiano con una intensidad que antes no conocías. Querés trabajar, sostener un libro, arreglarte frente al espejo, sentirte linda, deseada, viva. Querés dar un beso sin calcular el equilibrio, abrazar sin miedo a caer. Y en ese contraste aparece una verdad dolorosa: lo simple era, en realidad, un privilegio silencioso que nunca supimos nombrar.
Recordarse también duele. Porque recordar es comparar, y comparar abre heridas. Extraño saltar, incluso sin motivo, incluso sin valorarlo en su momento. Hoy entiendo que el movimiento era una forma de libertad que daba por sentada. Hoy sé que el cuerpo, cuando funciona sin esfuerzo, es un milagro cotidiano que pasa desapercibido.
Hay algo que se vuelve evidente con el tiempo: no soy la única, ni tampoco lo seré. En algún lugar del mundo, alguien está atravesando lo mismo. En otra habitación, en otro hospital, en otra casa, hay alguien mirando el techo con las mismas preguntas, sintiendo el mismo vacío, sosteniendo la misma incertidumbre. Y en esa idea aparece una forma distinta de compañía. Aunque no se vean, aunque no se nombren, existen otros que entienden. Y con esa comprensión llega una de las tareas más difíciles: aprender a convivir con lo que pasó. A aceptarlo, no porque sea justo, sino porque es real. Porque resistirse no cambia la realidad, solo agrega más dolor al que ya existe.
La verdad es que nada de esto se puede explicar del todo con palabras. La experiencia es más dura, más compleja, más desgastante de lo que cualquier relato puede transmitir. Hay días en los que la mente se rinde antes que el cuerpo, días en los que todo pesa, incluso lo invisible. Pero, aun así, hay algo dentro mío que se niega a soltar. No quiere rendirse. No quiere abandonar esta pelea. Y no es por obligación ni por mandato externo, sino por una necesidad interna, casi instintiva: necesito saber hasta dónde puedo llegar ahora. Necesito descubrir quién soy en este cuerpo nuevo, incierto, imperfecto.
No quiero que mi historia se reduzca al dolor. No quiero que la tristeza sea lo único que la defina. Sé lo que fue caer en la oscuridad, sé lo que fue habitar ese lugar donde nada tiene sentido. Y justamente por eso, no quiero volver ahí. Quiero sostenerme, incluso en los días en los que todo tambalea. Quiero encontrar otra forma de existir sin perderme en el intento.
Hay algo que todavía me sorprende cuando lo pienso: antes del ACV, yo no quería vivir. Estaba agotada, profundamente triste, perdida dentro de una rutina que me pesaba más de lo que podía sostener. Existía por inercia. Respiraba sin ganas. El mundo me quedaba enorme y yo me sentía mínima dentro de él. Y, sin embargo, algo cambió. El ACV casi me quita la vida… y, al mismo tiempo, me devolvió las ganas de vivirla. Es una contradicción difícil de explicar, una especie de giro inesperado donde lo que destruye también revela.
Cada etapa de este proceso fue como una metamorfosis. Como si, poco a poco, hubiera tenido que desprenderme de versiones anteriores de mí misma. Capas viejas, identidades conocidas, formas de ser que ya no podían sostenerse. Y en ese proceso, aunque doloroso, también hubo algo sanador. Porque me obligó a quedarme conmigo, a mirarme sin distracciones, sin escapatorias.
Pasé por muchos lugares, conocí a muchas personas. Y aunque sus nombres a veces se diluyen, sus presencias siguen intactas en mi memoria. Enfermeros, médicos, kinesiólogos, pacientes, camilleros, personas que entraban y salían de mi vida sin saber que estaban dejando huella. Aprendí a quererlos en medio de la vulnerabilidad, en medio de la necesidad. Aprendí a llamar hogar a espacios fríos, impersonales, porque ahí fue donde me sostuvieron cuando yo no podía hacerlo sola.
Durante mucho tiempo, mi mundo se redujo a cuatro paredes. Ni siquiera la puerta era un destino posible. Lloré todo lo que tenía para llorar porque no podía hacer nada. Porque mi cuerpo no respondía. Porque, en muchos momentos, sentía que solo mis ojos seguían vivos.
Le pedí a Dios, le pedí a la vida, le pedí a lo que fuera que pudiera escucharme. Prometí cambiar, ser mejor, valorar más. Pedí milagros con una fe desesperada. Esperé que un amanecer trajera algo distinto. Pero no pasó. Y con el tiempo entendí que la resignación no siempre es derrota. A veces es comprensión. A veces es aceptar sin dejar de intentar.
Entonces decidí algo: empezar a sanar desde adentro. Porque entendí que un cuerpo roto también necesita un alma en calma. Que la reconstrucción no es solo física, que empieza en un lugar mucho más profundo.
Los cables no se cortaron. La conexión sigue existiendo. Solo que la señal se pierde en el camino.
Y ahora, mi tarea es esa: encontrarla de nuevo.
Movimiento a movimiento.
Día a día.
Con miedo, con esperanza, con lágrimas que a veces pesan más que el cuerpo.
Con una fe nueva, distinta, más silenciosa pero más firme.
No sé si voy a volver a caminar. Esa pregunta sigue abierta.
Pero hay algo que sí sé, con absoluta certeza: todavía estoy acá.
Y mientras esté acá, voy a seguir intentándolo.