Hay quienes a Fabio Sassone lo llaman La Leyenda, porque recuerdan algunas de las destrezas que realizaba allá por los ’80 y los ’90, cuando batía récords de abdominales o de barras, o saltaba autos, o era casi imbatible en los torneos de pulseadas. Él niega ese apodo. “Nada que ver, ¿qué voy a ser leyenda?, soy una persona normal”, dice ahora, a sus 55 años, mientras planea retomar la actividad física luego de afrontar años atrás una operación de cadera, a lo que se sumó una artrosis que lo tuvo a mal traer.
“Yo nací acá y acá voy a morir”, dice a Chacabuco en Red Fabio, que en su juventud era muy conocido por su gran fortaleza física.
“Todos queríamos ser como él”
“Lo que pasa es que me crié en la década del ‘70, cuando estaban las películas de Rocky, y todos queríamos ser como él. También estaban las películas de Bruce Lee. Entonces, empecé a hacer ejercicio, pero siempre sanamente, porque en esa época también había algún gimnasio que daba anabólicos. El dueño del gimnasio me decía ‘vos me estás quitando los clientes’, porque yo a los que iban ahí les decía que no tomen anabólicos, a pesar de que en esa época se podían vender. Yo decía que el cuerpo tenía que crecer en forma natural y no usar esas cosas raras, que cuando las dejás de tomar el cuerpo se te cae”, relata.
Sassone no fue de ir mucho a gimnasios, por lo general entrenaba por cuenta propia. Además, en esa época iba al secundario. en la Escuela Comercial, donde tenía como profesor de Educación Física al profesor Juan Antonio “Pilú” Reigosa.
“Reigosa me enseñó mucho. Yo tenía muchos problemas de bronquios, por eso necesitaba hacer ejercicio. Y con Pilú aprendí mucho, era excelente”, cuenta, y recuerda especialmente un día en el que realizó 2.200 abdominales.
“Empecé a hacer abdominales a las 10 de la mañana”
“Yo ahí tenía 16 años. Empecé a hacer abdominales a las diez de la mañana. Cuando empecé Reigosa me dijo ‘si llegás a 200 o 300 te pago un asado’. Todavía me lo debe (risas), porque pasé los 2.000. Los compañeros se iban turnando para ir contando. Terminé a las doce y a la una de la tarde teníamos que entrar a clases, pero no estaba cansado para nada. Lo que pasa es que tenía el cuerpo lleno de energía. Después, a los tres días que lo hice yo, Darío Zabaglio, que era un muchacho muy amigo mío que se nos fue joven, me superó, porque hizo 2.500 abdominales. Darío era muy buena persona, él hacía gimnasia deportiva con el profesor Orsini. En cambio, a mí me gustaba hacer ejercicios por mi cuenta. En la secundaria teníamos la clase de Educación Física y cuando terminábamos yo me quedaba y hacía un poco de barras y de pesas. Fue algo que siempre me gustó”, dice. Lo que también hizo durante un tiempo fue hacer un poco de kung fu con su primo José Álvarez.
Otra destreza que hacía por aquellos tiempos era la de saltar autos y también levantarlos.
“Esa era otra de las pavadas que hacía”, cuenta riendo. “Alguna vez con Juan Manuel Golía levantamos autos, él tenía más fuerza que yo. En esa época, la década de los ‘90, esas cosas estaban de moda. Yo había leído que Bruce Lee dijo que el cuerpo no tiene que ser muy grandote, pero sí un poco marcado y ágil, versátil, no duro y trabado”, relata, y cuenta lo de los autos: “Los saltaba a lo ancho. Una vez salté un Fiat 600, apoyé las manos en el techo y caí parado. Si no los saltaba limpitos. Uno era muy elástico”.
“A mí me gustaba hacer fuerza”
Así, entre la escuela y la actividad física, Fabio llegó al final de la secundaria y recibió un mensaje de su padre.
“Me dijo: ‘¿Qué vas a hacer, vas a estudiar o a trabajar? Porque vagos en la casa no quiero’. Yo le dije que no iba a estudiar, porque el sueño de él era que sea ingeniero, pero la base de esa carrera son las matemáticas. Así que le dije que iba a trabajar. Y empecé trabajando un tiempo en la fábrica de Mori y Compañía. El dueño era Gustavo Mori, buena persona, pero yo no servía porque estaba en la administración, y a mí me gustaba hacer fuerza”, señala.

Cuando se fue de la empresa de Mori trabajó un tiempo en el taller de bobinados de su tío, Hugo Sassone, hasta que en 1995, cuando tenía 25 años, comenzó a trabajar con su papá, que es albañil.
“Con mi papá hicimos un montón de obras lindas. Como dice él, generalmente el dueño de la casa y el albañil tienen conflictos. En nuestro caso fue al contrario, porque en cada lugar en el que trabajamos dejamos un amigo. Le hemos laburado a gente muy buena, y lo hacíamos por recomendación. Así estuvimos trabajando juntos 20 años, él era el cerebro y yo el peón, porque al oficio no lo aprendí nunca del todo, porque lo que me gustaba era hacer fuerza”.
Mientras tanto, siguió haciendo ejercicios por su cuenta, especialmente barras. Acerca de esto, recuerda especialmente cuando una vez, en las barras del CEF, llegó a hacer 79 sin parar.
“Para mí, la barra y la natación son lo más completo que hay. Con la natación uno trabaja la cabeza, la espalda, los brazos, las piernas, y eso me permitió desarrollar un cuerpo sano, pero no para pelear, porque eso no sirve. Como mi viejo me enseñó de chico, lo más importante en la vida es ser una buena persona, y una pelea no habla bien de la persona. Después, por mi personalidad, que tengo un carácter medio fuerte, a veces he tenido algunos roces y encontronazos, pero no pasaban de ahí. Lo que pasa es que los encontronazos a veces son inevitables, porque una copita de más puede influir. Porque yo también he sido bohemio, salía, iba a los bailes, pero siempre con buena onda”, afirma.
“Me tuve que operar”
Fabio siguió entrenándose hasta 2011, cuando, a los 41 años, viniendo de Salto en moto tuvo un accidente que lo marcó.
“Venía apurado, me accidenté por culpa mía y me jodí la cadera, pero como estaba musculoso no le di mucha importancia. El golpe fue en la cadera, parece que el hueso se me salió de lugar. No sentí dolor ni nada, y lo dejé estar. Lo que pasó después es que los huesos se fueron desgastando, hasta que llegó un momento que me tuve que operar. Y aprovecho la oportunidad para agradecerle a la gente, porque para pagar la operación, que me la hizo el doctor Fabián Gómez en Junín en 2019, como no llegaba con la plata, tuve que hacer una rifa. Esa vez en 20 días vendí los 1.000 números de la rifa. Así que me operé y quedé re bien de la cadera, pero ahora tengo el problema de una artrosis general en el cuerpo, que debe ser genético, porque en la familia tenemos muchos casos”, lamenta.
En 2020, con la llegada de la pandemia, y debido a sus problemas físicos, con su padre, que tiene 80 años, decidieron dejar la albañilería.
“A esa altura ya no me daba el físico, pero gracias a Dios pude tramitar una pensión. En eso me ayudaron Juan Manuel y mucha gente. Así que ahora mi mamá y mi papá están jubilados, yo tengo la pensión y entre los tres la vamos pichuleando. Si bien yo vivo aparte de la casa de ellos, estamos conectados”, dice.
“Me siento bien, pero no es lo mismo”
Sassone cuenta que en los años posteriores a la operación dejó la actividad física, hasta que en 2023 la retomó y siguió haciéndola en 2024, hasta que el avance de la artrosis le impidió continuar.
“Hace poco fui a lo del doctor Néstor Errico, que mi papá conoce a la familia porque le hizo la casa y los consultorios. Como Néstor es especialista en huesos fui a verlo hace poco y ya me mejoró. Ahora tengo que tomar unas pastillas de por vida y tengo más movilidad, porque antes estaba que parecía un viejo. Me sentía mal, dolorido, no podía agacharme, porque es una artrosis general, sobre todo de la cintura para abajo. Fue como que envejecí de golpe. Ahora me siento bien, pero no es lo mismo. Igual el médico me dijo que puedo hacer ejercicio, mientras no cargue peso. Así que ahora en invierno voy a ver si me responde el cuerpo para hacer algunas barras”, relata Fabio, que de su juventud también recuerda cuando participaba en desafíos de pulseadas.
“Las hacíamos con amigos, siempre con buena onda. Hacíamos cualquier cantidad, y no es que las gané todas. Por lo general las ganaba”, dice, y considera que en ese tipo de desafíos “el 90 por ciento” es mental.
“Yo cuando me enfrentaba a alguien en una pulseada le doblaba primero la muñeca y después lo tiraba. Eran dos movimientos. Pero a veces me tocaban tipos fuertes y perdía”, cuenta Sassone que, volviendo al comienzo de la nota, niega el apodo de Leyenda que le pusieron algunos.
“Nada que ver, ¿qué voy a ser leyenda? Soy una persona normal”, concluye el vecino, que ya hace tiempo dejó de usar celulares.
“No tengo celular. Así que el que quiera charlar, que venga a mi casa”, invita.