El verdadero quiebre no fue solamente el ACV. El quiebre real llegó después, cuando desperté y descubrí que mi cuerpo ya no respondía como antes, cuando intenté moverme y no pude, cuando quise hablar y ningún sonido salió de mi garganta, cuando necesité rascarme, acomodarme o simplemente pedir ayuda y lo único que encontré fue inmovilidad. No era únicamente la parálisis lo que me aprisionaba, sino algo mucho más angustiante: la conciencia intacta atrapada dentro de un cuerpo que había dejado de obedecer. Yo seguía allí, completamente presente, escuchando cada palabra, entendiendo lo que ocurría a mi alrededor, sintiendo cada instante con una claridad brutal, pero sin ninguna forma de demostrarlo, como si mi mente estuviera encerrada en un lugar del que nadie más podía oírla salir.
Durante meses no hubo respuestas claras y el tiempo se volvió una espera interminable llena de estudios, hipótesis que no terminaban de cerrar y silencios incómodos en las consultas médicas. Pasaron cinco meses completos hasta que finalmente pudieron confirmar con certeza el diagnóstico de ACV, cinco meses en los que nadie lograba unir todas las piezas mientras algo oscuro comenzaba a crecer dentro de mí. Primero apareció el enojo, silencioso pero constante, luego llegó la culpa, el odio y una pregunta que volvía todos los días como una sombra persistente: por qué Dios no me había llevado cuando estuve en coma. No quería vivir de esa manera, no quería sentir que me había convertido en una carga para los demás ni seguir creyendo que todo aquello era, de algún modo, mi culpa. Durante mucho tiempo esa pregunta me acompañó como un peso imposible de ignorar, hasta que en algún momento —uno que no sabría señalar con exactitud— entendí, o tal vez simplemente acepté, que la única posibilidad de cambiar algo era esforzándome, luchando, trabajando duro incluso sin saber si algún día vería resultados.
Con el tiempo también apareció otra pregunta inevitable: si todo aquello podría haberse evitado. La respuesta es sí, tal vez pudo haberse evitado, pero también es cierto que nadie podría haberlo imaginado. Estas cosas pueden ocurrir en cualquier momento y a cualquier edad, y aunque suene extraño decirlo hoy agradezco que haya sucedido cuando tenía veintitrés años, no porque haya sido fácil ni porque el dolor haya sido menor, sino porque ocurrió cuando todavía tenía fuerza, cuando mi cuerpo y mi mente seguían en construcción y aún existía dentro de mí una capacidad enorme para volver a empezar.
El episodio comenzó en un boliche una noche que parecía completamente normal. Apenas había llegado cuando empecé a sentirme mal y, lejos de ser un colapso inmediato o un golpe repentino, todo comenzó de una forma engañosa y casi silenciosa: un dolor de cabeza persistente, náuseas, una sensación de inestabilidad difícil de describir y algo extraño dentro del cuerpo, como si algo no terminara de encajar. Era mi propio organismo intentando advertirme en voz baja que algo no estaba bien, aunque en ese momento nadie podía imaginar la gravedad de lo que estaba ocurriendo. Un día después entré en coma.
Curiosamente el primer miedo no fue morir, sino algo que con el tiempo entendí que podía ser incluso peor: seguir viva de esa manera. Durante el coma tuve la certeza de que estaba muriendo, no como un pensamiento racional sino como una sensación profunda que no sabría explicar con palabras. Entre fragmentos de conciencia y sueños que parecían demasiado reales, me despedí de mis padres. Les hablé sin palabras, los abracé sin brazos y esperé mi momento con una calma resignada que todavía hoy me resulta difícil comprender. Sin embargo ese momento nunca llegó. Soñé mucho durante ese tiempo y todo lo que soñé tenía una intensidad tan fuerte que el miedo se volvió insoportable. Intentaba convencerme de que todo era una pesadilla y repetía dentro de mí que debía despertar, que en cualquier momento abriría los ojos y todo terminaría, pero el despertar no llegaba y poco a poco empecé a creer que aquella pesadilla era, en realidad, la vida misma.
Fue profundamente extraño ver a mis padres cuidándome cuando en ese mundo confuso yo ya me había despedido de ellos. También fue extraño no ver a mi hermano cuando en esos sueños tenía la sensación de que solo ellos podían quedarse conmigo. Los primeros días fueron un delirio constante donde los recuerdos, los sueños y la realidad se mezclaban sin orden, creando escenas que no lograba distinguir con claridad y dejando mi mente atrapada en una confusión permanente.
En ese mismo tiempo, cuando mis probabilidades de vida eran prácticamente nulas, mi mamá ató un rosario a mi cama en terapia intensiva. Yo vi ese mismo rosario en uno de mis sueños y también vi a la misma virgen a la que rezaba la enfermera que me preparó junto a mi mamá el día que ingresé a terapia. En ese momento yo ya estaba en coma y supe todo esto mucho tiempo después, cuando mamá me lo contó. Lo extraño es que yo nunca había visto esa imagen ni había escuchado hablar de ella, y sin embargo la vi claramente en sueños: estaba al costado de una ruta, dentro de una pequeña gruta rodeada de pasto amarillento, donde familiares de otros pacientes rezaban de rodillas frente a su imagen.
Meses después, cuando ya había despertado pero todavía no podía hablar, mamá me mostró por casualidad una imagen de esa virgen y en el instante en que la vi comencé a llorar sin poder detenerme. Era La virgen de los cerros, de Salta.
Comunicándome letra por letra, con una paciencia infinita, solo pude hacer escribir una frase sencilla: “yo la vi”. Hasta hoy no sé exactamente qué sentí en ese momento. Tal vez fue miedo, tal vez emoción o tal vez algo que simplemente no tiene explicación. No sé si fueron milagros, señales o la forma que encontró mi mente de aferrarse a algo cuando todo parecía perdido.
También recuerdo haber visto a mis padres rezando junto a mi camilla. Tiempo después supe que ocurrió el día en que ya no había nada más que los médicos pudieran hacer por mí. Ellos vivían en un departamento alquilado frente al hospital esperando noticias, con la sensación constante de que algo estaba ocurriendo y con el miedo permanente de recibir una llamada que confirmara lo peor. Ante el miedo y en la noche, rezaron juntos. Tal vez era yo despidiéndome de ellos. Mientras rezaban en dicho departamento, los vi juntos a mi lado, mientras yo permanecía rígida, con los ojos abiertos y completamente agotada, como si hubiera luchado hasta quedarme sin ninguna fuerza. Quería decirles que todo iba a estar bien y que no sufrieran. Mi madre fue la que habló, con un valor que a mi padre le faltó en ese momento, y me dijo que todo estaba bien, como si estuviera respetando mi decisión de irme. Cuando se fueron no volví a verlos.
Durante todo ese tiempo tuve la sensación de que algo dentro de mí seguía conectado a ellos, como si mi alma pudiera acompañarlos incluso cuando ellos no podían verme. Escuchaba sus palabras de forma lejana, aun cuando ya no estaban cerca, y esa conexión extraña me hacía sentir que de alguna manera seguía estando con ellos.
Esa misma noche tuve la certeza de que estaba muriendo. El lugar comenzó a arder lentamente y las llamas aparecieron a mi alrededor hasta rodearme por completo. Sentí el calor con claridad, vi objetos deformarse y derretirse como si todo estuviera siendo consumido por el fuego, pero a pesar de la intensidad de las llamas mi piel nunca llegó a quemarse. Después de eso llegó el silencio. Esperé resignada el momento final, convencida de que iba a partir, pero ese momento nunca llegó. De repente todo volvió a estar en su lugar, intacto, como si nada hubiera ocurrido, y yo seguía allí, en la misma cama.
Tiempo después desperté y lo primero que vi fue a Laura a mi lado. En medio de la confusión creí que ella me había rescatado, que me había sacado de todo aquello para esconderme en un cuarto del hospital de Chacabuco. Durante un tiempo mi mente mezcló realidad y delirio y Laura se convirtió en ese rostro familiar al que pude aferrarme mientras intentaba entender dónde estaba y qué me había pasado. Ella era kinesióloga respiratoria y su presencia fue una de las primeras cosas reales que encontré al volver.
Cuando empecé a tomar verdadera conciencia de mi cuerpo apareció primero la rigidez, luego los movimientos involuntarios y finalmente una frustración enorme al escuchar que me pedían colaborar cuando mi cuerpo no respondía. Nadie podía ver la batalla que ocurría dentro de mí ni el esfuerzo real que implicaba cada intento. Cada orden era una lucha contra mi propio sistema nervioso y cada movimiento que no lograba realizar se sentía como una derrota silenciosa. Fue ahí cuando comenzó otra pelea distinta: yo contra mi propio cuerpo.
Tuve que volver a conocerlo desde el principio, aprenderlo otra vez, aceptar que hay cosas que ya no controlo y que tal vez algún día pueda recuperar, o tal vez no. Comprender que no soy culpable de lo que ocurre, que no puedo decidir cuándo reír o cuándo llorar, ni cuándo la rigidez aparece sin permiso. No es debilidad ni exageración, tampoco falta de voluntad. Es neurología, es daño y también es supervivencia.
Con el tiempo comprendí que el verdadero encierro no fue la inmovilidad, sino la incomprensión de seguir siendo yo por dentro —lúcida, consciente y completamente presente— mientras el cuerpo hacía cosas que yo no elegía. Seguir viva de esa manera daba miedo y, sin embargo, sigo aquí, con miedo, con duelo y con preguntas que tal vez nunca tengan respuesta, pero también con una conciencia brutal de lo que significa estar viva cuando el cuerpo deja de ser un aliado y se convierte en un territorio desconocido que debo aprender a habitar cada día.
Los sueños siguen siendo uno de los grandes misterios de la experiencia humana. La ciencia intenta explicarlos, la psicología los interpreta y la espiritualidad los abraza. Yo no sé con certeza qué creer, pero sí sé algo: lo que viví no se sintió casual. Recordarlo todavía me emociona hasta las lágrimas y sigue siendo un recuerdo profundamente hermoso, incluso sabiendo lo vulnerable que puede estar la mente en determinados momentos.
Siempre fui escéptica frente a la idea de Dios y nunca seguí dogmas ni creencias impuestas. Creo a mi manera, desde un lugar íntimo y personal, lejos de las expectativas de los demás, pero aun así sentí que en aquel momento algo se manifestó. No como una imposición ni como un castigo, sino como una señal silenciosa que parecía decirme que todo iba a estar bien, siempre y cuando yo eligiera pelear, seguir adelante y priorizar mi propia vida.
Sentí que se me daba un motivo, una especie de llamado a cuidarme, a escuchar mi cuerpo como nadie más puede hacerlo y a entender que sobrevivir no significa solamente resistir, sino también aprender a protegerse.
No intento convencer a nadie ni ofrecer respuestas universales. Solo comparto una vivencia que me transformó profundamente, porque a veces incluso en el miedo más profundo aparecen mensajes que nos invitan a seguir. Y quizá —solo quizá— cuando el cuerpo calla, el alma encuentra su propia forma de hablar.