LITERATURA

El silencio no es ausencia

Nueva serie de capítulos escritos por Yessica Suárez, una vecina de nuestra ciudad que, tras sufrir un ACV isquémico troncal en 2024, decidió transformar su dolorosa experiencia en un testimonio de vida, lucha y esperanza.

Antes de ponerle un nombre médico, esta condición fue una sensación.

La sensación de estar despierta y no poder responder. De entender todo y no poder demostrarlo. De querer moverme y que mi cuerpo haga otra cosa, o directamente nada. De estar presente, lúcida, consciente, pero no disponible para el mundo como se espera que una persona lo esté.

El síndrome de enclaustramiento incompleto es una condición neurológica en la que la conciencia permanece intacta, pero el cuerpo deja de obedecer de forma confiable. La mente piensa con claridad, reconoce, recuerda, desea. El problema no está en quién soy, sino en el camino que siguen las órdenes desde mi cerebro hacia mis músculos, un trayecto que antes era automático y ahora es incierto.

En palabras simples —las que yo necesitaba escuchar y nadie me dijo a tiempo—:

mi mente funciona, mi cuerpo no siempre responde.

A diferencia del síndrome de enclaustramiento completo, donde la movilidad es casi inexistente, en la forma incompleta hay movimiento. Y ese detalle cambia todo. Porque desde afuera parece esperanza constante. Desde adentro, muchas veces, es frustración permanente.

Mi cuerpo puede moverse sin permiso. Puede ponerse rígido de repente. Puede fallar justo cuando más necesito colaborar. Hay días en los que algo funciona y otros en los que no. No hay un patrón claro, no hay garantías, no hay forma de anticiparlo. Y esa imprevisibilidad desgasta más que la quietud absoluta, porque obliga a explicar una y otra vez que no es falta de ganas, que no es capricho, que no es desinterés.

Es lo que decidí no odiar y empezar a respetar de mi cuerpo. Ya no me culpo por sentirlo como lo siento y dejo que hable, incluso cuando lo que dice no es cómodo. No puedo volver a ignorarlo después de haberlo llevado al límite. Y no todos lo intentan entender.

En mi caso, todo comenzó con un ACV que afectó el tronco encefálico, una zona pequeña pero fundamental, responsable de conectar el cerebro con el resto del cuerpo y de regular funciones vitales que nadie piensa hasta que se pierden. El daño no apagó mi conciencia, no borró mi personalidad, no me quitó mis recuerdos. Me dejó encerrada dentro de un cuerpo que se volvió ajeno, impredecible, difícil de habitar.

Y, sin embargo, muchas veces se espera que yo haya cambiado. Que sea otra. Que actúe distinto, que sienta distinto, que agradezca distinto. Como si haber sobrevivido implicara automáticamente una transformación espiritual inmediata, una lección aprendida sin proceso. No es algo que repito como un discurso aprendido. Mis cambios se verán reflejados el día que yo pueda valerme por mí misma.

Yo escuchaba conversaciones como si no estuvieran hablando de mí, aunque estuvieran hablando de mi cuerpo. Escuchaba diagnósticos, tiempos estimados, opiniones ajenas sobre mi futuro. Y pensaba: estoy acá. Pero nadie me preguntaba qué sentía yo. Creí que al día siguiente volvería a ser normal. Creí que cualquier persona podría curarme con una palabra. La esperanza ingenua también fue una forma de defensa.

Una de las confusiones más dolorosas del síndrome de enclaustramiento incompleto es que el movimiento visible suele interpretarse como control. Si me muevo, se espera que pueda hacerlo cuando me lo piden. Si no lo hago, parece desinterés o resistencia. Pero lo que sucede es otra cosa: la orden sale de mi mente y se pierde en el camino.

No es falta de voluntad.

No es enojo.

No es oposición.

Es neurología.

Esta condición también altera funciones automáticas que antes ni siquiera notaba: tragar, manejar la saliva para no ahogarme con ella, coordinar la respiración, suspirar profundo, reír o llorar cuando corresponde. De un día para el otro, actos básicos se volvieron riesgos, ejercicios conscientes o directamente imposibles sin ayuda. El cuerpo dejó de hacer solo lo que antes sabía hacer.

Vivir así cambia la relación con el propio cuerpo. Ya no es un aliado. Es un territorio inestable que hay que negociar todos los días. Cambia también la relación con los demás. De pronto necesitás ayuda para cosas íntimas, básicas, que nunca pensaste delegar. Y con eso aparece la culpa, la vergüenza, el miedo a ser una carga.

Nadie dijo que costaría tanto acostumbrarse a estar siempre expuesta. A cerrar los ojos con pena mientras otros hacen el trabajo que antes hacías con cuidado y a tu manera. A aceptar que lo hagan rápido, porque hay muchos esperando su turno. A dejar de ser dueña de una rutina minuciosa que definía quién eras.

Lo más duro no es la inmovilidad parcial.

Es la invisibilidad.

Que asuman que si no hablo, no entiendo.

Que si no reacciono rápido, no siento.

Que si dependo, soy menos.

Por eso necesito decirlo, sin rodeos: el síndrome de enclaustramiento incompleto no elimina a la persona. La encierra. La mantiene consciente, presente, observando.

La mente sigue ahí, registrando cada gesto, cada palabra, cada silencio. Pensando en lo que fue, en lo que se perdió y en lo que todavía espera recuperar.

Durante mucho tiempo estuve así: quieta, silenciosa. Esperé durante meses, resignándome a estar lejos de recuperarme. Me consumí en el enojo: contra Dios, contra mí, contra las personas que formaron parte de mi vida. El odio pesa. Y cuando pesa, inmoviliza todavía más.

Es cierto que cuando aflojás y dejás ese odio de lado, las cosas pesan menos. Resulta un poco más fácil avanzar. Escuchar palabras lindas de quienes están todos los días. Permitirte soñar con un futuro, aunque no tenga forma clara. Soñar también es una forma de movimiento.

No busco lástima. Busco comprensión. Busco que, la próxima vez que alguien vea a una persona que no responde como se espera, recuerde que adentro puede haber una mente despierta, sensible y completamente presente.

Porque estar en silencio no es estar ausente.

Y necesitar ayuda no borra quién sos.

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