Poder reflexionar y decir algo concreto sobre el hecho violento perpetrado por un adolescente, como el ocurrido el día de hoy en Santa Fe, no es sencillo. Primero, porque nos deja perplejos el impacto que nos genera la muerte de un joven, que otro tome la iniciativa de disparar con un arma de fuego y que ocurra dentro de un ámbito escolar. También es un hecho de una complejidad enorme que requiere tiempo para registrar lo sucedido. Y, sobre todo, porque es reciente y los datos son muy pocos para pensar.
Sí podemos decir que nos encontramos con que empiezan a ser cada vez más frecuentes estas manifestaciones inéditas de la violencia en nuestro país. Si bien cada uno de nosotros puede encontrar en su memoria escenas violentas en las escuelas o en su niñez, estas tenían componentes infantiles. No era común que alguien llevara un arma u otro objeto para agredir a un compañero o a un docente. Eran aislados los hechos violentos con estas formas y estaban circunscritos a sujetos muy perturbados. Que encontremos diferencias en la actualidad habla de un proceso de desubjetivación enorme, cuyas causas que podemos enumerar son múltiples.
Hay cambios profundos: la declinación de la autoridad por parte de los adultos y el borramiento de la asimetría entre estos, los niños y los jóvenes. La tecnología, el consumismo, el individualismo y la inmediatez son nuevos criterios que organizan nuestra percepción de la realidad y el modo en que nos relacionamos con otros.
Priman factores donde el mercado, que necesita vender, anuda entretenimiento y violencia como diversión. Por otro lado, los medios cumplen una función importante: tanto los tradicionales como las redes publicitan rápidamente estos actos, dándoles existencia y “conocimiento social” a sujetos invisibilizados. Es un momento histórico en el cual la pregnancia de la imagen está en el cenit, volviéndose un ideal social. Y una cultura que nos quiere hacer creer que todo vale y todo es posible. Los efectos son múltiples, pero prima la soledad, la desorientación y el desamparo de los sujetos. Aunque nos parezca extraño, el acto violento es un modo de respuesta que arranca a los sujetos de la angustia.
Las primeras reacciones suelen ser culpabilizar a la institución educativa, preguntarse si el autor es punible (la sanción es necesaria, pero no suficiente), buscar la existencia de consumos problemáticos o diagnósticos psiquiátricos. Los datos sueltos no explican ni permiten pensar abordajes que traten de evitar estos hechos. Los actos humanos no son independientes del contexto y del mundo que los rodea, y todos somos parte. Promover discursos violentos, el uso cotidiano de armas, el desprecio o la indiferencia frente al dolor del otro generan las peores condiciones para el lazo social y comunitario.
No es una receta. Pero sí es importante no desestimar algunos dichos o amenazas por parte de los jóvenes. Los comentarios puestos en una red, proferidos a amigos o parejas, son para tenerlos en cuenta. No dar lugar al silencio que generan los sufrimientos subjetivos es escuchar un pedido de ayuda que podría llegar a posibilitar otras salidas menos trágicas.