La ansiedad infantil se consolidó en los últimos años como uno de los principales motivos de consulta en pediatría y salud mental. Lo que antes se consideraba un rasgo transitorio del desarrollo hoy aparece con mayor frecuencia, a edades cada vez más tempranas y con impacto significativo en la vida escolar, familiar y social. Las cifras muestran que no se trata de un fenómeno aislado, sino de un problema de salud pública en expansión.
Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, entre el 6% y el 10% de los niños y adolescentes presentan trastornos de ansiedad, con una tendencia sostenida al aumento en las últimas dos décadas. Estudios realizados en distintos países coinciden en que, tras la pandemia, los síntomas de ansiedad en la infancia crecieron entre un 25% y un 30%, especialmente en niños menores de 12 años.
Sin embargo, el aumento de los diagnósticos no alcanza para explicar el fenómeno. La pregunta central es por qué cada vez más niños manifiestan ansiedad desde edades tempranas. En los últimos años, la investigación científica comenzó a ofrecer una respuesta que obliga a ampliar la mirada: el vínculo entre la ansiedad y la microbiota intestinal.
El eje intestino–cerebro
La microbiota intestinal —el conjunto de microorganismos que habita el intestino— cumple un rol clave en la regulación del sistema inmune, el metabolismo y el funcionamiento del sistema nervioso. A través del llamado eje intestino–cerebro, existe una comunicación permanente y bidireccional entre el intestino y el cerebro, mediada por neurotransmisores, hormonas y mecanismos inflamatorios.
Diversos estudios publicados en revistas científicas internacionales muestran que más del 90% de la serotonina del organismo se produce en el intestino, y que su regulación depende, en gran parte, del equilibrio de la microbiota. Alteraciones en esa composición —conocidas como disbiosis— se asocian a mayor riesgo de ansiedad, depresión y dificultades en la regulación emocional, incluso en la infancia.
Un meta-análisis reciente que reunió investigaciones de distintos continentes encontró que los niños con trastornos de ansiedad presentan menor diversidad bacteriana intestinal y mayor presencia de perfiles proinflamatorios, en comparación con niños sin síntomas ansiosos.
Una construcción temprana
La microbiota comienza a formarse desde el nacimiento y se consolida durante los primeros tres años de vida, un período crítico también para el desarrollo cerebral. Factores como el tipo de parto, el uso de antibióticos en la primera infancia, la alimentación, las infecciones intestinales y el estrés temprano influyen de manera directa en su composición.
Estudios longitudinales muestran que los niños expuestos a múltiples tratamientos antibióticos en los primeros años presentan mayor riesgo de desarrollar síntomas de ansiedad en la edad escolar. De manera similar, dietas pobres en fibra y ricas en ultraprocesados se asocian a estados inflamatorios de bajo grado que impactan en los circuitos cerebrales vinculados al estrés y la respuesta emocional.
En la práctica clínica, no es infrecuente observar que la ansiedad infantil se acompañe de síntomas digestivos: dolor abdominal recurrente, constipación, diarrea, distensión, selectividad alimentaria o trastornos del sueño. Muchas veces, estos signos se tratan de forma fragmentada, sin integrar el cuadro completo.
Más diagnósticos, menos mirada integral
A pesar de la evidencia disponible, el abordaje de la ansiedad infantil continúa centrado, en muchos casos, exclusivamente en la conducta o en la intervención farmacológica. Si bien estas herramientas pueden ser necesarias en situaciones específicas, la literatura advierte que ignorar los factores biológicos limita la eficacia de los tratamientos y favorece la cronificación de los síntomas.
Ensayos clínicos recientes muestran que intervenciones orientadas a mejorar la salud intestinal —como cambios en la alimentación, aumento del consumo de fibra, reducción de ultraprocesados y, en algunos casos, el uso de probióticos específicos— pueden contribuir a disminuir los niveles de ansiedad en niños, especialmente cuando se combinan con acompañamiento psicoterapéutico.
Un desafío para la salud pública
El aumento de la ansiedad infantil no puede seguir siendo interpretado únicamente como un problema individual o familiar. Su impacto se refleja en el sistema educativo, en el sistema de salud y en la calidad de vida de miles de familias. Reconocer el rol de la microbiota no implica simplificar el problema, sino comprender su complejidad real. La ansiedad infantil no siempre comienza en la mente. En muchos casos, es la expresión de un organismo en desequilibrio. Integrar esta mirada es un paso necesario si se busca un abordaje más efectivo y preventivo, capaz de mejorar el pronóstico y el bienestar de las próximas generaciones